Monseñor Palma - Mensaje Pastoral

Pandemia: ¿el espíritu o la carne?

Monseñor Víctor Hugo Palma

Toda crisis revela lo más íntimo de cada uno; todas delatan y ponen en juego los valores más altos o denuncian su ausencia: “Las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina”, comentaba el poco creyente poeta Víctor Hugo (1802-1885). Sobre todo cuando el camino fijado mentalmente “se complica, y todo se viene abajo en los proyectos y agendas”: entonces actúan “espíritu” —que en cristiano sería con la mayúscula del don de Dios (“Espíritu”)— o “la carne”, entendidos no como un dualismo fatal, sino como dos orientaciones de la persona: buscar, cultivar, promover el bien (las cosas del Espíritu) o aprovecharse de la crisis, exaltar el yo, y despreciar el hermoso camino de la sublimación (los intereses de la carne).

Sujeto a “crisis profunda” se revela en la Buena Noticia de mañana Pedro, al que tan solo hace quince días el Señor salvaba del agua, y hace solo ocho nombraba el primer “Papa” de la Iglesia. Pedro, entusiasmado con ideas de Dios y de su reino no acordes a lo que Dios mismo tenía planificado “intenta disuadir a Cristo” de ir hacia su Pasión en Jerusalén, y se gana el ser comparado con el mismo Satanás. Sin duda Pedro no comprende lo que esa pasión o “muerte/resurrección” significan: son la exacta e inversa de reparación del camino del egoísmo, de la autoafirmación que la Humanidad tenía respecto de Dios.

En el anuncio de su sufrimiento, Cristo no ensalza el dolor sin más, sino reconstruye la verdadera actitud de amor extremo que Adán arruinó al “buscar ser como Dios” (cf. Gen 3,2ss). En lo profundo de Pedro se escribe el debate de tantos en el momento actual de sufrimiento humano: 1) Por una parte la posible indiferencia, asegurado el propio “no contagio” y el ser parte de la siempre minoría que puede curarse “casi seguramente”, y hay quien hará negocio muy posiblemente con la vacuna que “ojalá llegue a todos” (Papa Francisco, 19 de Agosto del 2020); 2) Por otra, “la conversión hacia la solidaridad” que pareciera inversión perdida, pero que en el fondo realiza a la persona en su más genuina misión: vivir más para los demás que para sí mismo. Según el mismo Jesús, es la lucha entre “el espíritu que está preparado” y “la carne que es lenta pues está enferma de egoísmo” (cf. Mt 26,41) o, peor aún, según San Pablo: “Apruebo el bien, pero termino haciendo el mal” (cf. Rm 7,19).

Apenas hace cuatro días nacía a la vida eterna Monseñor Víctor Hugo Martínez Contreras, obispo de Huehuetenango y primer arzobispo emérito de Los Altos, arquidiócesis creada el 13 de febrero de 1996. Muy claro está en el recuerdo de quienes le conocieron su vivo interés por la promoción de los más pobres, así como el de una evangelización que uniera la devoción y la promoción humana integral, en tantos proyectos realizados en las tierras guatemaltecas donde ejerció su servicio pastoral. Cuidado integral del “espíritu y la carne”, de la persona toda, como en su gestión de la Cáritas Nacional durante la emergencia del huracán Stan (2005), en la promoción de la primera beata guatemalteca Sor Encarnación Rosal, y en el vivir “según el Espíritu” el rostro de una Iglesia servidora incluso hasta el martirio, como su hermano en el episcopado Mons. Juan Gerardi Conedera en 1996, recordado por San Juan Pablo II (Visita ad limina 2001). Que el Señor conceda a Mons. Martínez en el Banquete de la Vida, la plenitud del Espíritu y la “recompensa al servidor bueno” (cf. Mt 25,23).