Misioneros del Dios-Paz

Según el antiguo Talmud judío, uno de los nombres de Dios es “Paz”, tal y como afirma Jueces 6, 24, luego de encontrarse con Dios, el valiente Gedeón en Jueces 6, 24 edificó un altar llamado precisamente “Yahvéh-Shalom”.

Según el principio antiguo nomen est persona —el nombre ya es la persona misma—, quiere decir que la Paz es alguien y no algo, como lo intuyó Pablo de Tarso indicando: “Cristo es nuestra paz”. En la Buena Nueva de mañana, los discípulos son enviados a la misión como “portadores de la paz”. Ninguno de ellos es perfecto e “impecable”, son parte de la comunidad de los “perdonados por Dios”, que proponen al mundo acercarse a Él para tener la deseada paz (Papa Francisco, 29 de Junio 2019).

Afirmaba M. Gandhi (1869-1948): “No hay caminos para la paz, la paz es el camino”, lo que concuerda bien con Aquel que dijo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). El problema es que el mundo, tan necesitado de la paz, realiza acciones “pacificadoras” que no toman en cuenta al Dios-Paz, se muestran equilibrios de potencia bélica, siguiendo el principio romano “si quieres la paz, prepárate para la guerra”; se entra en acuerdos convergentes para “pacificar a los grupos ideológicos” en detrimento de la Verdad; ello, si bien parece el logro de la tolerancia, ignora en el fondo al grupo opuesto y a su verdad, como bien dice el Nobel de la Paz Desmond Tutú (1931): “Si deseas la paz, no hables con tus amigos, habla con tus enemigos”. Los discípulos llevan, pues, al mundo “una presencia” más que una idea, proponen una relación más que una simple convicción.

Para el logro de la “paz auténtica”, volverse al Dios-Paz implica:

  1. El trabajo por la justicia: “la paz es el fruto de la justicia” (Isaías 32, 17), pero también es “fruto del amor”, puesto que “La verdadera paz tiene más de caridad que de justicia, porque a la justicia corresponde solo quitar los impedimentos de la paz: la ofensa y el daño; pero la paz misma es un acto propio y específico de caridad en el perdón” (Vaticano II Gaudium et spes, 78);
  2. Al entrar en relación con Aquel al que los misioneros anunciaban, las gentes acogían o no una persona, la única capaz de “ayudarlos a madurar en justicia y en amor”, el mismo Señor Jesús;
  3. El encuentro con el Dios de Jesucristo —puesto que hay otros dioses realmente “no cristianos”: el dinero, prosperidad, la venganza, la alucinación extática de ciertos cultos— implica que el misionero es signo de contradicción: lleva en su vida el signo de la paz recibida, pero puede ser rechazado, pues se lo considera peligroso promotor de conflicto.

He aquí el testimonio de los auténticos mártires de Guatemala —como los recientemente celebrados P. Tulio y laico Obdulio, de Izabal— y de todos los tiempos. Su vida “pacífica” era la propuesta de una renovación de relaciones humanas: no sólo justicia, sino caridad, como la capacidad de salir de sí mismo y ocuparse de los sufrimientos ajenos.

Papa Francisco, retomando la escena del envío “de los misioneros del Dios-Paz” recordaba: “la casa en que se entra es cada familia, cada comunidad, es también la casa común de la creación” (Oración por la Paz, 1 de enero 2019: La buena política sirve a la paz).

En el impasse de la sociedad actual, en cuanto a la elección de las futuras autoridades, se sepa distinguir las verdaderas propuestas de paz, sin convenios “políticamente correctos, moralmente condenables”, sin inmediatismos promisorios de la “paz-bienestar”, sin justicia y amor, y sean los cristianos los “misioneros del Dios-Paz que ha cambiado sus vidas, orientado sus opciones y empeñados sus fuerzas” en la construcción de una Guatemala distinta, la deseada para las futuras generaciones merecedoras del “río de la paz” que Dios promete a su pueblo.